Cuando tú te marchas, se quedan tus flores.



Se quedan, estirando sus tallos para alcanzar las ventanas y buscarte entre los rostros extraños que surcan las calles. Se fijan en cada una de las miradas, en la forma en que cada cuerpo se eleva con cada paso y lo comparan con la forma en que tú te mueves en su recuerdo. 


Giran y giran siguiendo la luz y aprovechando cada nueva posición para ver si ésta desvela una nueva esquina callejera donde desengranar nuevos semblantes.  Donde deshacerlos en cada una de sus milésimas partes y, después, volver a juntar todas las piezas para darse cuenta de que esos fragmentos no son tuyos.  


Nueva gente, nuevos rostros. Nunca el tuyo.   


Porque tú. 


Te marchas y tus flores amanecen cada día más altas que el día anterior, llenas de esperanza. Rebosando quizáses. 


Y cada día también, hora tras hora, se encogen sus raíces un poquito más al nunca encontrarte. Se les dobla el tallo cual joroba y si pudiesen liberar sus raíces y romper a caminar, lo harían cabizbajas, con el ceño fruncido y sudor frío brotando de sus hojas. 


Te vas y caben en sus pétalos todas las lágrimas del mundo disfrazadas de rocío. 


Cuando tú te vas, se quedan tus flores. Se queda Virginia Wolf, congelada entre páginas. Se queda el tiempo intacto. Inmóvil. Congelado. 


Cuando tú te marchas, se quedan tus flores. Y se muere todo lo demás.

cuanto antes




No me quedan cosas que decirte.
No me quedan lágrimas que llorarte ni me quedan tampoco abrazos que regalarte.

No me quedan fotos que mirar,
ni personas que confundir contigo.

No me quedan aventuras que contarte,
O música que compartir contigo.

No me queda nada.

No me queda nada, más que ganas de mirarte.
De recorrerte con los ojos hasta que me sangren las pupilas.  
De clavarme las uñas en las úlceras de tu recuerdo. Y a lo mejor hurgar un poco. 


No lo sé. 


Me queda sólo un agujero negro.
Una página en blanco. 



Y me quedan reproches.
Eso sí.
Eso siempre.

.aeB



En mi garganta se apelmazan, se acumulan, se amontonan. Las historias que me quedarán por contarte. Todas. Que se revuelven y se cuelgan del techo de mi boca. Intentando salir, sin poder.


Intentando entender, sin entender.  



Mis problemas, seguirán siendo problemas si tú no los disuelves en chocolate, pequeña. 



Mis oídos, sordos. Sin escuchar tu voz.
Mis ojos ciegos, sin ver tu sonrisa.
Mis manos, vacías. 


Tus recuerdos se acurrucan en un rincón de mí y se muerden las uñas, sin saber qué hacer. A qué agarrarse para quedarse donde están.  Sin nada nuevo que añadir a su colección. Una antología inacabada. Sin absolutamente nada que decir. 


Mi tristeza, conociendo nuevos límites. 


Y en mi teléfono un puto mensaje con tu nombre. Haciendo eco en el vacío de tu ausencia.


A mí, que las pausas se me van de las manos.
Que alargo mis descansos más que un intermedio de la 3.
Que los reencuentros me saben a calor y sal.

¿Y si vuelvo? ¿Y si vuelvo y te revuelvo las entrañas?
¿Y si desnuco mis ausencias y me tiro a la deriva?
¿Y si nado entre tus vísceras para llegar hasta tu alma?

Y que duela si tiene que doler.
Que nos atropelle, que nos lastime, que nos mutile.
Que nos muerda.

A los dos. A ti, y a mí.

como debería ser


Reposaba su rostro sobre mi vientre y se dormía hasta que su respiración se acompasaba con la mía. Yo leía un libro de Saramago para recordarme a mí misma que, tras aquellas cuatro paredes, el mundo seguía apestando a odio y carne muerta.

Sentía que se despertaba cuando sus parpadeos cosquilleaban mi estómago. Era como si mi piel ya no fuesen mis fronteras. Como si mi ser se extendiese entre sus venas.
“Buenos días” me decía con voz somnolienta y los ojos a medio abrir. Y yo le contestaba que era tan jodidamente guapo que me dolían las pestañas de no parpadear para mirarle.
Él se reía con una carcajada limpia y sonora que hacía retumbar lo más profundo de mi cóclea. Allí vivía un señor que sólo sonreía cuando oía reír a Alberto. Y cuando lo hacía, nadaba durante horas en el líquido de mi oído haciendo que el eco durase eternamente.
“Eres una exagerada”
“No. Exagerada sería si te dijese que despertarme a tu lado me da ganas de desaparecer bajo el colchón y aparecer por arte de magia en un ferrocarril transiberiano directo a Irkutsk. Exagerada sería si te dijese que me sumergiría hasta lo más hondo del lago Baikal sólo para decirles a esos peces lo que se pierden por no mirarte. Yo no exagero por decir que el color de tus ojos sólo se iguala si juntas el cielo y el mar en un bote y le añades un rayo de sol. Exagero si digo que me duele el pecho de quererte, porque nada duele si estoy contigo.”

Yo cerraba los ojos cuando ella hablaba y dibujaba con mis dedos el infinito en su costado. Sonreía para mis adentros y pensaba que era perfecta. Perfecta como un soneto de Beethoven, como una tarde en Nueva York o una noche en su edredón.
Tan perfecta, que si unía los lunares de su cuerpo con los míos, formábamos un mapa de la vía láctea. Tanto, que su imagen en mi mente no formaba un nudo en mi estómago, no. Formaba un lazo rosa y acolchado.
Tan perfecta, que acababa con el mundo de un solo pestañeo y dejaba intacto sólo lo bonito.

“Llévame al cielo” le susurró ella con una voz digna de la mismísima Rita Hepburn. Y él se descompuso en los trillones de moléculas que componían su corazón y los sintió reagrupándose en la forma de cientos de mariposas que salieron volando hasta su estómago. Las pupilas se adaptaron a la luz que les rodeaba y lo hicieron en forma de corazón. Como en las películas de dibujos.
Impulsos de besarla galopaban en el fondo de sus labios y, en un instante, hizo suyo el derecho de abrazarla.

de repente abril


Bienvenida a la primavera.
Pasa y siéntate. No te cortes, ponte cómoda, que yo mientras pasearé los atardeceres más hermosos ante ti, las brisas más reconfortantes y los paisajes más paradisíacos con los que nunca hayas soñado.
Relájate, disfruta y déjate llevar por las sensaciones que se apoderan de ti y piensa que esa será la forma que tengan el resto de tus días. Junto a mí.

Porque si te quedas, yo te digo que hacemos del mundo una primavera sin fin, con el brotar de sentimientos como brotan las flores en el campo, con el rubor de tus mejillas alimentándose del primer sol de la mañana.
Tan vespertino como el primer amor. Como despertar de madrugada abrazado a tu esternón.
Como transformar la lluvia en arco iris con el brillo de tus ojos y alejar el frío de la noche con el calor de nuestros cuerpos.

Si quieres, yo te quiero hasta que el mundo se coma a sí mismo y lo único que quede sea su piel dada la vuelta.
Si me dejas, te enseño el olor de la felicidad en un tarro de mermelada y envuelvo tu habitación con vainilla y frambuesa.

Si te quedas, hacemos de la luna nuestra lámpara de noche y dejamos las partículas de nuestro amor flotando en su ingravidez.  

Porque contigo, la primavera es infinita y las noches, un paseo en barco por el Sena.


** Allá por Abril, el gran Balagar Fartón publicó una foto en la red social de turno con un título parecido a “bienvenida a la primavera”. En ese instante a mí se me ocurrió esto, que ve la luz hoy. Será esa otra de las grandezas de Balagar, que aun no queriendo, inspira a los demás.

las cosas que nunca te digo


Tienes en la mirada la habilidad para derrumbar castillos.
En tu aliento la capacidad de desintegrar mis huesos.
Y en tu pelo el ingenio para enredarme sin remedio.

Tienes entre las uñas ápices de mis entrañas.
Entre los brazos nubes de mis recuerdos.
Y en tus palabras la llave de mi cordura.

Tienes entre cada pestaña la diana de mis pupilas.
En tu ombligo el telescopio por el que miro el firmamento.
Y en tu boca la solución para los problemas del mundo.

Tienes con tus besos el poder de demoler mis dilemas.
En tu sonrisa la alegría de mis días.
Y en tu pecho el refugio para mis horas tristes.

Tienes, entre las manos, el universo de mi vida.