Martín y Victoria

Con 5 años se perseguían el uno al otro en el patio del colegio y, algún sábado que otro lo hacían, si coincidía, entre los columpios de un parque cercano. Magullaban sus rodillas, se tiraban de los pelos, usaban juguetes como armas y un cuadrado de arena como campo de batalla. Compartían la merienda mientras jugaban al veo-veo.
A los 11, la inocencia ya se ha perdido y, por triste que suene decirlo, los discursos de igualdad siguen sin lograr su efecto. Victoria está harta de oír que no debe jugar con los niños, que las muñecas y otras niñas deben ser sus compañeras. Martín, por otro lado, oye a su padre día tras día repetir que no juegue con su amiga, que se dedique al fútbol, si acaso al baloncesto. Y así, cada uno merienda en una esquina del patio, y los columpios del parque llevan años oxidados.
A los 18, ya se acumulan algunos años de confusión. Ahora que ya se han acostumbrado, el discurso ha vuelto a cambiar. Ahora que no saben nada el uno del otro. Ahora pueden jugar.
Con 25 aún no han aprendido cómo jugar. El corazón de Martín ya se ha estrellado un par de veces contra la arrogancia femenina y sobrevive a duras penas apoyando su fragilidad en el cariño adulterado que encuentra por los bares. Mientras tanto, a Victoria no parecía irle mal, contaba en su orgulloso haber con unos cuantos corazones rotos y nunca le ocasionó esto un atisbo de remordimiento hasta que el suyo se hizo añicos con los vaivenes de un tirano llamado Igor.
Para cuando llegan a los 32, ya están cansados de jugar. Victoria ha decidido retomar la vieja regla que le fue impuesta a los 11 y ya no quiere jugar más. Y Martín… Martín ha desistido y hace tiempo que nada atraviesa su implacable indiferencia.
A los 36 ya llevan un año juntos. Martín ha recogido los pedacitos que Igor dejó de Victoria y los ha cosido con ternura mientras Victoria ha ido de bar en bar recuperando el cariño derrochado por Martín en las noches en las que solo la amargura y el desconsuelo lo acompañaban.
Cuando cumplen 39 cuentan orgullosos que, por fin, han aprendido a jugar. Sus cicatrices sólo tiran cuando hace frío y da la casualidad de que, estando juntos, siempre hace calor.
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4 comentarios:

campanilla dijo...

Bonita historia. Por cierto, tienes unas fotos muy bonitas, aquí, a la derecha..
Un beso!

VIC dijo...

Con lo fácil que hubiera sido que se liaran a escondidas! jajajaja...

Una historia muy bonita y con mucha fluidez.

Monica dijo...

es tuya esta historia??
si es así, me ha gustado tanto como las fotos que tienes por el blog!

besos!

saskia dijo...

Muy bonita la historia. Al final el tiempo acabó dando la razón a los verdaderos sentimientos.