lunes 29 de junio de 2009

-Eres-

Eres como
La última gota de leche que siempre se va por el desagüe

La nota final de la canción que nunca quiero oír acabar


La pata coja de una silla en mitad de un examen


La tarde tormentosa que arruina mis planes


La piedra en mi zapato


La esquina del armario con el que me tropiezo cada noche


La mirada reprochadora


El cristal de mis gafas empañado


Abrir la nevera y no encontrar nada


Tener mucho sueño y no quedarse dormido


Una tarde de sábado sin nada que hacer


La pintura de uñas cuando se cae a cachos


La última foto en un álbum


El último día de vacaciones


Un portazo cuando hay corriente


La única canción de Jorge Drexler que no me gusta


El final de un concierto de Iván Ferreiro


Cuando la luna llena empieza a menguar


Cuando salgo a la calle y hay bochorno


Mis playeros rotos


Las sábanas enroscadas a mis pies


La radio cuando no se oye


El gol de Iniesta que no llegaba en el Barça-Chelsea


La mano que toca mi espalda cuando escucho mi mp3


Los vecinos que hacen obras un domingo por la mañana


Cuando no me funciona Google



Eres un fastidio. No puedo contigo. Y sin ti, tampoco.

martes 23 de junio de 2009

Hoy

Y saber que hoy aún no ha terminado, que todavía hay esperanza, que no todo está perdido. Que cada gota de lluvia que hoy cae por mi ventana puede verse perforada por un rayo de sol que la destruya desde el centro, transformándola en colores brillantes que iluminen la oscuridad que desde hace meses acecha mi existencia.

Gotas que al morir caerán sobre mi rostro despertándolo del letargo en el que llevaba tanto tiempo sumido que casi hasta había olvidado cómo respirar.

Y dejando a su paso inertes cadáveres de gotas difuntas, el sol se encontrará con mi fuerza renovada y nos fundiremos en una lucha en la que su calor y mi potencia darán lugar a una energía sin límites, una aurora boreal tan espléndida que ni siquiera los ojos de los que habitan el círculo polar ártico la habrán contemplado igual.

Oxígeno, hidrógeno y nitrógeno desaparecerán dando paso a inusuales combinaciones de azules y violetas, y todos alzarán la vista al cielo. Incluido tú. Entendiendo en un instante la naturaleza de lo nuestro.

miércoles 27 de mayo de 2009

Infinito

Ladeó la cabeza delicadamente y miró al infinito mientras frotaba instintivamente su frente. Un mechón de pelo se interpuso en su mirada pero ni siquiera se molestó en hacer como que le importaba. La vida está llena de demasiadas cosas como para preocuparse de atusarse el cabello. Sobre su pierna, los ágiles dedos de su mano inquieta daban brincos de un lado para otro.

Observó cómo frente a ella un niño se caía una y otra vez de su bici sin darse por vencido. Miró más allá, y unos metros por detrás del pequeño vio, tiradas junto a un árbol, dos pequeñas rueditas con un hierro que salía de su eje.

Era imposible saber qué pasaba por su mente, al igual que sucede con el resto de la gente, pero en ella todo tenía un halo misterioso, algo que iba más allá de la simple incertidumbre que suele generar esa situación. En ella todo parecía más profundo, más íntimo, más intenso.

Llevaba unos vaqueros desgastados que la había acompañado durante años. A menudo encontraba entretenimiento retorciendo los hilos que salían de sus numerosos rotos. Aquel día, los combinaba con una camisa de cuadros y manga larga. Le gustaban las camisas de manga larga, podía jugar a abrochar y desabrochar los botones de los puños cuando no sabía qué hacer.

Todo dependía de su estado de ánimo, y quien la conocía podía hacer una aproximación bastante acertada de éste si se fijaba en los movimientos que hacía. Cuando un telefonista la hacía esperar al otro lado de la línea, solía descargar su frustración en un mechón de pelo que retorcía y curvaba entre sus dedos hasta que la espera finalizaba. Cuando esperaba a que le entregaran el último examen que le quedaba por hacer antes de irse de vacaciones, liberaba su ansiedad con movimientos constantes de su pierna derecha. De arriba abajo, de abajo arriba. Cuando le contaban algo que no le agradaba o que no quería oír se frotaba el cuello de forma compulsiva. Si tenía muchas ganas de ver a alguien, y faltaba poco para hacerlo, frotaba sus piernas con ambas manos mientras esperaba, feliz. Pero claro, para discriminar y aprender toda la jerarquía que se escondía tras sus actos, había que conocerla mucho, y pocos lo habían logrado. Para la gran mayoría era simplemente una muchacha nerviosa que no sabía estarse quieta.

Volvió a mirar al niño y admiró su persistencia y su ilusión…Le habría gustado volver a ser como él. Volver a esa edad en la que aún crees que eres capaz de todo, volver a correr por el parque y llorar sólo porque te caes de un columpio o porque no te gusta la merienda. Esos años en los que aún te queda por descubrir todo lo malo que hay en el mundo y, por tanto, aún eres feliz. Volver sólo por un día para ser consciente de lo que se tuvo, de la inocencia.

Pero sólo un iluso creería que algo así puede pasar. Nadie puede volver a la infancia, y si alguien lo cree, seguramente sea un niño, uno de esos que aún no conoce el dolor, el de verdad, el que va por dentro destrozando nuestra ingenuidad.

Cerró los ojos y respiró hondo, como si fuera el último aliento de su vida. Se quedó así un momento, sólo unos minutos. Ya no se frotaba la frente ni movía sus dedos sobre su pierna.

Abrió los ojos y, en lugar de mirar al infinito, al niño o a sus ruedas, se dirigió a los ojos interrogantes que habían estado fijos en ella todo el tiempo. Ojos que, en realidad, eran otro tipo de infinito.

jueves 14 de mayo de 2009

Martín y Victoria

Con 5 años se perseguían el uno al otro en el patio del colegio y, algún sábado que otro lo hacían, si coincidía, entre los columpios de un parque cercano. Magullaban sus rodillas, se tiraban de los pelos, usaban juguetes como armas y un cuadrado de arena como campo de batalla. Compartían la merienda mientras jugaban al veo-veo.
A los 11, la inocencia ya se ha perdido y, por triste que suene decirlo, los discursos de igualdad siguen sin lograr su efecto. Victoria está harta de oír que no debe jugar con los niños, que las muñecas y otras niñas deben ser sus compañeras. Martín, por otro lado, oye a su padre día tras día repetir que no juegue con su amiga, que se dedique al fútbol, si acaso al baloncesto. Y así, cada uno merienda en una esquina del patio, y los columpios del parque llevan años oxidados.
A los 18, ya se acumulan algunos años de confusión. Ahora que ya se han acostumbrado, el discurso ha vuelto a cambiar. Ahora que no saben nada el uno del otro. Ahora pueden jugar.
Con 25 aún no han aprendido cómo jugar. El corazón de Martín ya se ha estrellado un par de veces contra la arrogancia femenina y sobrevive a duras penas apoyando su fragilidad en el cariño adulterado que encuentra por los bares. Mientras tanto, a Victoria no parecía irle mal, contaba en su orgulloso haber con unos cuantos corazones rotos y nunca le ocasionó esto un atisbo de remordimiento hasta que el suyo se hizo añicos con los vaivenes de un tirano llamado Igor.
Para cuando llegan a los 32, ya están cansados de jugar. Victoria ha decidido retomar la vieja regla que le fue impuesta a los 11 y ya no quiere jugar más. Y Martín… Martín ha desistido y hace tiempo que nada atraviesa su implacable indiferencia.
A los 36 ya llevan un año juntos. Martín ha recogido los pedacitos que Igor dejó de Victoria y los ha cosido con ternura mientras Victoria ha ido de bar en bar recuperando el cariño derrochado por Martín en las noches en las que solo la amargura y el desconsuelo lo acompañaban.
Cuando cumplen 39 cuentan orgullosos que, por fin, han aprendido a jugar. Sus cicatrices sólo tiran cuando hace frío y da la casualidad de que, estando juntos, siempre hace calor.
***

martes 14 de abril de 2009

Ónimo

Te das media vuelta y la oscuridad te rodea. Unos ojos, entre morado y azul oscuro, te miran fijamente.
Alargas la mano e intentas tocarlo pero parece que no están unidos a ningún cuerpo. Son tan sólo dos esferas flotando en el aire, existiendo sólo para incomodarte.

Abres la puerta, la atraviesas y llegas a la calle. Añoras la luz mortecina que había en el interior, la prefieres antes que esos estúpidos rayos de sol. Miras al cielo y, mientras proteges tus ojos del sol con la mano derecha, has chocado contra alguien con tu brazo izquierdo.

Debajo de la cama hay un peluche. Quién sabe cómo ha llegado ahí. Lo coges para echarlo a lavar, pero cambias de idea y…

Te has dado un martillazo en el dedo sin querer, ha sido por distraerte y mirar sus ojos. Los de ese algo que te persigue. Sigue sin tener cuerpo

…Pero sus ojos parecen más brillantes

Sobre la mesa, una hoja de papel ve cómo el lápiz que iba a decorarla con trazos de carbón desenfadados sale rodando para aterrizar en el suelo y seguir su alocada carrera hasta cobijarse bajo el armario. Huyendo de la luz.

Un golpe a tu espalda llama tu atención, miras y una paloma se ha estrellado contra tu ventana.
¡Pobre infeliz!
Creía que entrando aquí encontraría tranquilidad.

Esta noche has soñado algo extraño, no recuerdas qué, pero era muy raro. Lo sabes porque te has despertado antes de que suene el despertador. Y lo has hecho buscando la luz.

Has cogido un libro que al llegar a tus manos era una caja, roja oscura, casi sangre. Al abrirla, un gorrión ha salido volando.

Y estás colgando en el aire, con los pies en el techo. Y te parece normal.

Intentas vaciar tu cuarto pero parece que cuanto más tiras por la ventana más cosas se reproducen en el interior de tus cuatro paredes. Parpadeas, y cuando vuelves a mirar a tu alrededor, todo está blanco.

BLANCO BLANCO BLANCO

Y en la ausencia de color, sólo ves un reflejo morado. Su reflejo.

viernes 10 de abril de 2009

Agonía

Derramo mi dolor en una hoja en blanco, escupiendo frases sin sentido, lanzando puñales que rebotan en la nada y vuelven con más fuerza, clavándose en mi espíritu, agujereando el último de mis alientos.

Nada me sirve. Todo me aplasta. Tu peso invisible se reúne a mi espalda y me encoge hasta que mis ojos no ven más que el polvo del suelo. Respirar se convierte en una agonía, un castigo, un horror.

Siento partes de mi cuerpo que había olvidado tener, que funcionaban por inercia hasta que el dolor se hizo tan grande que hasta ellas tuvieron que parar a descansar.

Siento mi corazón, desprendiendo pedacitos que le sobran porque ya no te alberga entre sus muros… Ha dejado de bombear sangre para enviar a mi organismo el aire que dejaste en su interior al irte.

Y la sangre abandonada se transforma en lágrimas que acuden ansiosas a mis ojos para recorrer mi rostro.

Para teñirlo de muerte.



Escrito en: Enero 2009
Recuperado en: Abril 2009

sábado 4 de abril de 2009

Fragmento

Abrió furiosa el cajón y sacó una carpeta de su interior. La abrió, rompiendo en el camino de sus manos una de las esquinas. De su interior empezaron a salir hojas, hojas escritas a mano, hojas impresas. Hojas que hablaban. Hablaban, susurraban, gritaban, compartían.


Pasó las páginas entre sus manos. Algunas lucían una escritura clara, decidida, sin tachones que dejaran ver el más mínimo atisbo de duda. Otras en cambio se llenaban de manchas negras, círculos concéntricos, abismos negros en los que la vista se perdía.

Había hojas en las que solo pudo encontrar tres versos, como los primeros que leyó. Otras en cambio, eran pedacitos de historias. Pero había otras, las que más daño le hicieron, que penetraron hasta lo más profundo de su ser y le hicieron heridas tan sangrantes que habrían creado un charco rojo a su alrededor.


Si sólo hubiesen sido heridas físicas...

lunes 30 de marzo de 2009

Y si digo que te quiero...

Cenicienta caminó dos pasos, tres como mucho y, sin previo aviso, salió corriendo. Sus piernas temblaban y el frío aire cortaba su rostro. Llevaba un abrigo negro que había olvidado cerrar y que dejaba ver una falda rosa que terminaba unos centímetros por encima de sus rodillas. Sus pies, abrigados por unas botas militares, apenas se distinguían por la velocidad a la que iba y su pelo volaba entre gotas brillantes de lluvia. Negro, largo, suave. Acariciando el aire.

En ningún momento miró atrás, pero parecía claro que escapaba de algo, de alguien. Un basurero vaciaba una papelera municipal. Chocó con él, y con un adolescente que escribía un mensaje en su móvil sin prestar atención a dónde pisaba, y con una señora que paseaba a su perro. Y con su perro.

Todos ellos, y algún transeúnte más, se giraron para mirarla. Tal vez escandalizados, o puede que apenados. Se giraron y sólo llegaron a ver un pedazo de papel que había salido volando sobre el suelo al pasar nuestra cenicienta a su lado. Ninguno llegó a ver la lágrima que nacía en su ojo izquierdo y que ya atravesaba parte de su mejilla, acelerando el viento su camino, empujándola al acantilado de su barbilla.

Nunca sabremos cómo es posible que nadie reparara en el príncipe que parecía clavado al suelo en el punto en que Cenicienta había comenzado a correr.

Desde entonces, todo el mundo contaría la historia de la princesa que sólo podía correr, y nunca nadie sería capaz de contar por qué. Por qué corre aterrada. Por qué llora. Por qué huye.

Si tan sólo alguien se hubiese fijado en las manos de aquel príncipe, si hubieran dejado de mirar cómo Cenicienta escapaba. Si se hubieran interesado por él…

…Se habrían dado cuenta de que era el suyo el corazón roto, de que las lágrimas producidas por el dolor más verdadero, más profundo, sólo serían las suyas. Que si ella huía, era por puro egoísmo.

Si por una vez Cenicienta hubiese dejado de ser el centro de atención, todos habrían visto las silenciosas lágrimas de él, la petrificación que le impedía salir corriendo. La agonía, el dolor, clavándose en sus huesos.
***

domingo 29 de marzo de 2009

¿

Acaso no sabes

que la historia más bonita del mundo

es la de los abrazos que nunca te dí
?

miércoles 11 de marzo de 2009

ceniZa

Sus ojos se bañan en ceniza
con cada noche sin dormir
y su corazón se vuelve papel
bajo sus manos frías de hojalata.


- A veces eres tan ambigua…
* Siempre dices eso… y nunca me explicas qué quieres decir.
- ¿Acaso necesitas que te lo explique?
* Si te lo digo será porque lo necesito, ¿no?
- Eres ambigua porque tus buenos días suenan a buenas noches.
* ¿Y qué tiene eso de malo?
- No he dicho que fuera malo, sólo que a veces es desconcertante.
* Dime, ¿cómo querrías que sonaran mis buenos días?
- Olvídalo, no es un buen ejemplo.
* Entonces pon uno mejor.
- No me apetece.
* ¿Por qué?
- Porque no.
* Tal vez yo sea ambigua, pero tú…tú eres un libro cerrado. Eres el contenido de la caja secreta más escondida del planeta. Todos los misterios del mundo y uno más. Eres como los colores para el ciego. Eres…
- ¿Cuál es, según tú, mi misterio?
* No lo sé, dímelo tú…Yo llevo 3 años intentando descubrirlo y cada vez me lo pones más difícil.
- Eso es porque no tienes nada que descubrir, contigo soy transparente.
* ¿Conmigo eres transparente?
- Contigo soy transparente. ¿Te sorprende?
* Sí.
- No debería. Ya tendrías que saberlo.
* ¿Cómo? Si cada día que pasa parece que te conozco un poquito menos en lugar de un poquito más.
- Pues entonces no te queda más remedio que fiarte de mí.
* Siempre tienes algo que decir, ¿verdad?
- Y aún así parece que contigo nunca es suficiente.
* ¿Por qué?
- ¿No lo ves? Porque siempre te quejas.
* ¿Piensas ponerme ese ejemplo algún día o planeas dejarme esperando eternamente?
- ¿Cuál?
* El de mi ambigüedad.
- Eres ambigua porque cuando dices te quiero parece que querrías estar diciendo mil cosas que no fueran esa.
* Ah.

Y el “ah” se le antojó tan lacónico, tan suficiente, que no quiso añadir nada más.

lunes 23 de febrero de 2009

y te olvidé.

Esa noche, conduciendo por una autopista oscura, los focos de un coche en el espejo retrovisor me cegaron un breve segundo. Una ínfima parte de un minuto que casi me hizo perder el control. Casi. Porque en el brillo de su luz vi el destello de tu mirada. De nuevo. Otra vez. Tus oscuros ojos mirándome desde la penetrante noche. Desde el asiento de atrás.

Abandoné la carretera por la primera salida al pueblo más perdido y dirigí el ronroneo de mi coche hasta la parte más oculta del solitario lugar. Recorrí una sinuosa carretera que hacía su camino montaña arriba hasta llegar a su final, dónde una pequeña explanada de césped me daba la bienvenida.

Apagué las luces, la radio y el motor, y la oscuridad, el silencio y la tranquilidad se apoderaron de mí. Abrí la puerta y salí despacio. Me senté en el capó y me recosté en el parabrisas. Miré al cielo, oscuro pero plagado de estrellas y tu imagen volvió a aparecer entre ellas, como una más.

Una repentina brisa encontró la rendija entre mi camiseta y mis pantalones y se introdujo acariciando mi piel, despeinando mi pelo. Cerré los ojos y respiré hondo, sintiendo el frío calar mis huesos. Y no me importó.

Pensé en los focos de ese coche, en tus ojos. Me sorprende recordarte. Hacía tiempo que no lo hacía, hace mucho que dejé atrás esa necesidad. Hace tanto, que tengo dificultades recordando el resto de tu imagen. Pero sólo es eso lo que está borroso, los días contigo nunca los dejé atrás. Siguen conmigo allí a donde voy, sea quien sea aquella con la que comparto mis horas.

Recuerdo que contigo, un beso no era sólo un beso. Era una explosión a mi alrededor, un universo deshaciéndose en mil pedazos, el sol deshidratando los mares, una montaña reducida a granitos de arena, el desierto floreciendo en un instante, música reventando mis tímpanos.

El suelo desapareciendo bajo mis pies.

Pero también recuerdo que no dabas abrazos aunque te los pidiera de rodillas, aunque fuera lo que yo más necesitaba, aunque estuviera deshecho.

Que nunca conseguí cogerte de la mano.

Que nunca contaste conmigo.

Es extraño recordarte. Así, tan fríamente, sin experimentar el dolor que un día me ocasionaste. Recordar todo lo bueno, y también todo lo malo, sin sentir en mi interior nada, más allá de la indiferencia.

No sé por qué ahora.

Tal vez sea para dejarte marchar, para olvidarte definitivamente y así dejar atrás no sólo tu imagen, sino también tus recuerdos, tus besos y tus no-abrazos, tus caricias ausentes. Todo tu ser. Entero y al completo.

Y aquí, en el capó de mi coche, las estrellas parecen más brillantes que antes.

Y me parece que ya no recuerdo ni tus ojos.

martes 17 de febrero de 2009

Bajo una manta

Le pregunté qué quería y, desde la cama, su pequeña boquita no supo qué decir. Se quedó cerrada con un vacío en su interior donde deberían estar las palabras que quería utilizar. Miró a su alrededor, como buscando el lugar al que habían escapado, mirando detrás del baúl de sus juguetes, pensando que ahí, entre las sombras, encontraría alguna de ellas. Pero sólo encontró su miedo, su miedo en todas las esquinas, pero sobre todo concentrado en el interruptor de la luz que reposaba bajo mi mano.

Mi sombra abandonó su cuarto y con ella toda protección con la que podía contar y vio en los coloridos puntitos de su pijama el reflejo de las luces de la calle y desde allí le llegaron las voces de aquellos que salían al encuentro de la oscura noche, a enfrentarse a ella vistiendo sus mejores galas, caminando hacia ella de frente, como si no la temieran.

Miró hacia su mesilla de noche, donde un reloj en forma de muñeca le indicaba la misma hora desde hacía dos meses a las cinco y cuarto de la tarde. Parecía que el reloj hubiera querido proporcionarle esa seguridad que tanto la confortaba durante el día y hubiera intentado que siempre fueran las cinco y cuarto, que siempre fuera de día. Su habitación iluminada, ningún rincón en la penumbra, mi mano lejos del interruptor.

Despertó sobresaltada al cabo de un rato, huyendo de los fantasmas que la perseguían en sus sueños cada noche, intentó alcanzar el interruptor de la luz pero no lo consiguió y sudores fríos comenzaron a recorrer su espalda mientras se revolvía en la cama para subir la manta por encima de su cabeza.

Bajo esa manta, su respiración comenzó a viciar el aire, pero no le importó. Incluso aunque hubiera querido, no habría conseguido asomar su cabeza más allá de la suavidad de las sábanas. No sabía lo que encontraría al otro lado.

Y en esa otra oscuridad en la que, irónicamente, no sentía ningún miedo, deseó, como cada noche, que algún día un unicornio brillante llegara volando y se la llevara lejos, cerca del sol, donde nunca se hiciera de noche.
***
Me dijo: "escribe sobre.... una niña y su pijama de colores y el miedo a la oscuridad y los fantasmas de la noche y un unicornio volador brillante"
Y no pude más que hacerle caso.