jueves 4 de febrero de 2010

qué le voy a hacer

Me apetece… hacerme pequeña, pequeña, pequeña; dejar de existir prácticamente. No sé, me apetece qué Kafka coja mi vida y haga de mí un bicho insignificante y mediocre y retorcerme en la cama hasta morir. Eso me apetece.

O desaparecer entre los recovecos de una lechuga y que toda mi existencia se reduzca a moverme entre sus pliegues, como si la vida sin escarola no fuese vida.
Como si la vida sin ti no fuese vida.

No sé. Me apetece… dormir hasta las mil, sonreír todo el día como una boba y columpiarme entre tus pestañas en los días de verano.

Me apetece que este día acabe ya, que el concierto de Quique no haya sido maravilloso, que deje de llover y que se me quite el mal humor.

En fin,

una mierda;

que me apetecen muchas cosas

y de todas ellas

no tengo n i n g u n a.



**Apetencias escritas con banda sonora de Soke. Que me anima guitarra en mano :)

sábado 30 de enero de 2010

Todo es feo y tan horrible

El color se esparcía homogéneamente a lo largo de toda la superficie, llegaba hasta la línea que limitaba las fronteras y volvía hacia el interior coloreándolo todo de forma intensa. Los movimientos eran suaves y delicados pero dejaban ver la firmeza de quien sabe lo que hace. No se salía ni un ápice de su ruta, no temblaba lo más mínimo.
Era frente a aquel espejo cuando mejor se sentía, aunque sería más acertado decir que era frente a aquel espejo cuando sentía algo at all.
En sus manos, la barra de labios pronto cumplió su función y volvió resignada al fondo del cajón, donde pasaría meses hasta volver a ser usada.

Aquella noche salió hasta perder el sentido, hasta olvidarse de todo cuanto la rodeaba.

Cuando llegó a la segunda copa ya había olvidado su trabajo, la compañera que le hacía la vida imposible, el jefe que le echaba el aliento en la cara y las horas encerrada en un antro sin luz.
A la quinta bebió un Gin Tonic que, bajando por su garganta, se llevó por delante la enfermedad de su madre y su último atisbo de racionalidad.
Un trago más y no recordó al que un día fue el amor de su vida y que ahora seguramente se revolcaba entre las sábanas de algún hotel de carretera con una mujer de mala vida. Y con él, también se emborronaron todos los intentos fallidos que hubo después.

Entró en los baños y, tras demasiado tiempo en ellos, salió eufórica, abrazando a todo aquel que se cruzaba en su camino, hasta que uno la abrazó más de la cuenta y se la llevó a un rincón oscuro, mugriento y solitario del lugar.
Hallándose él en pleno éxtasis sexual comenzó ella a sentir una sensación extraña a la vez que familiar. La cara de él se volvió brillante y comenzó a difuminarse con el ambiente. Miró al fondo para ver que todo parecía desintegrarse en una masa uniforme de color blanco brillante. Sintió que las piernas le fallaban y acabó cayendo al suelo.

Era ese momento el que la hacía sentirse bien. El momento antes de perder la conciencia, el momento en que sabía que durante un buen rato no iba a volver a pensar o, más bien, sufrir, pues ella ya no pensaba, sólo sufría.
Se despertaría al día siguiente echa un desastre y se iría directa a la cama, a seguir no pensando.

Si se despertaba.

jueves 21 de enero de 2010

Plato frío con tu nombre


Queridos amigos, gourmets de aquí y allá, amantes de la cocina en general. Sin duda el plato que hoy les presentamos no será a gusto de todos. Cae pesado al estómago y es de difícil digestión. Aun así, y a pesar de las grandes cantidades de hiel que requiere, puede llegar a saber muy dulce.

Dificultad: ***** (máxima)

Ingredientes para una persona:

- Una latita de rabia almacenada al vacío. Repetimos. Al vacío.
- Una gota de melancolía.
- Dos tazas de rencor.
- Tres cucharaditas de desprecio.
- Desilusión a discreción del cocinero.
- Un sobre de decepción.
- Dos kilos y medio de hiel.
- Un kilo de indiferencia.

Preparación:

Antes de comenzar, limpie bien su mente de recuerdos y elimine los restos de cariño que puedan haber quedado. Es fundamental para que el resultado sea el deseado.
Calentar a fuego lento el kilo de indiferencia junto con el sobre de decepción hasta que tome un regusto añejo y meditado. Una vez que ambos ingredientes están totalmente integrados, añadir las dos tazas de rencor y remover hasta obtener una masa odiosa y desdeñosa.
El resto de ingredientes han de añadirse ahora. Todos juntos. De sopetón. Como las sorpresas desagradables. Es importante, a la hora de hacer este paso, no utilizar lágrimas como sustitutas de la melancolía. A simple vista podrían parecer ingredientes equivalentes pero las lágrimas añaden un regusto a pena que no es el deseado.
Para que la cocción sea óptima se precisa mucho tiempo perdido e inexistentes ganas de esperar por cosas imposibles.
Una vez terminado, cuando los ingredientes ya se han hecho uno y crean una masa con textura de reproche y aspecto de venganza, ha de colocarse el resultado en un congelador por tiempo indefinido. Este plato ha de servirse muy frío.
Para paladares exigentes, acompañar con aliño de sarcasmo.


Sugerencia de presentación:





**Cocinado con ...Raquel Busca su Sitio... :)

miércoles 6 de enero de 2010

Lovely Raquel

¿Alguna vez te ha pasado eso de ir por la calle y que pase un extraño que huele familiar? ¡ay! No sé, no me estoy explicando bien, a lo mejor ni siquiera es algo que le ocurra a la gente. Tal vez éstas cosas sólo me pasen a mí, y aquí estoy yo, contándotelo a ti como si fuera lo más normal del mundo.

A ver si me explico, yo me refiero a cuando vas caminando, o sentada en el bus, o da igual, como sea, y pasa alguien que huele a recuerdos, ¿me entiendes? Como cuando un día pasó una chica a mi lado que olía a ti cuando te ríes, y me acordé de aquella vez que fuimos a la playa todo el día, nos quedamos dormidos y se me quemó toda la espalda, ¿te acuerdas?

No sé si sabes a lo que me refiero, ¿nunca te ha pasado que, al abrir una bolsa de gusanitos, recuerdes el día aquel que fuimos al museo ese que tenía de todo menos cuadros y, cuando nos cansamos, nos tiramos en un banco a llenarnos las camisetas de miguitas amarillas?

Es que es muy difícil de explicar lo que quiero decir pero me pasa casi cada día. Sisi, como lo oyes.

A lo mejor voy tarde a clase corriendo por la calle, con el paraguas, la carpeta, el gorro cayéndoseme sobre los ojos, la bufanda casi en el suelo y ¡pam! Pasa un chaval que, es que no sé, huele a cuando fuimos al cine de 3D y a ti las gafas te quedaban tan grandes que parecías una mosca de ojos saltones.

O que a lo mejor me subo en el coche de quien sea y me huele a cuando fuimos a esquiar, y me acuerdo de cuando se te caía una lagrimilla por el ojo izquierdo porque hacía mucho frío y tú ibas sin gafas.

También me pasa a veces que, a lo mejor me preparo un té y me huele a cuando desayunábamos en la cama tostadas con café. Y fuera llovía y hacía frío y nevaba y la de mi madre. Pero dentro estábamos tan bien…
Me encantaban los domingos en la cama, y tu café y tus tostadas.
Me encantaba todo antes de que todo se fuese a la mierda.

A ver, que tampoco te emociones, no es que esto sólo me pase contigo, es generalizado y me pasa con cualquiera, lo que pasa que lo tuyo es tan recurrente que ya me da un poco de miedo. Sobretodo porque ya hace demasiado que no estás en mi vida, y es extraño.



**Ya ni se acordará de que se lo debía, pero de todas formas: Con mucho retraso y sin recordar muy bien si era algo así lo que debería haber sido; para Raquelita, la que busca su sitio.

martes 29 de diciembre de 2009

devenires extraños

Te pierdes entre los torbellinos de mi pelo
y
me pides que me quede,
al menos,
hasta que mi aroma se haga tuyo.

Hasta que el mundo no sea mundo más allá de estas cuatro paredes.

Pero el mundo nunca dejará de ser mundo.
Y mi aroma seguirá siendo mío.
No tuyo.
Y me dices que,
entonces,
me quede para siempre.
Hasta que tu pecho
se funda con el mío.
Y no puedo.

Todo se humedece mientras me voy. Y el mundo me recibe de vuelta con el sonido del tráfico, un desgraciado pidiendo dinero y una madre gritándole a un hijo. Parece que hasta me miran para darme la bienvenida y preguntarme dónde me había metido.

He estado donde los coches no gritan.
Donde por la calle sólo se ve gente queriéndose.
He estado viviendo con una sonrisa puesta
porque no escuché ninguna noticia horrenda
que me la quitase.
Vengo de un universo del que nunca debí salir.

¿Por qué lo hiciste?

No lo sé, tú me empujaste. Me asustaste con ese amor que se te escapaba a bocajarro por los ojos.

El mundo me recibe con los brazos abiertos, con su miseria lista para reencontrarse conmigo y reírse de mí. De la forma más cruel sigue dibujando la expresión de tu rostro cuando abrí aquella puerta, repitiéndose en mi cabeza una y otra vez.

Y sé que lo hice mal, pero sé que nunca podré volver.

Te echo tanto de menos.

Nunca lo admitiré pero yo te querré por siempre.


***

viernes 25 de diciembre de 2009

La niña que se quiso meter en la boca del lobo II

Treinta y nueve años, siete meses y trece días no es una mala edad para perder tu alma. A la vuelta de la esquina está la crisis de los 40 y cualquier cosa que pueda ayudar a paliar sus efectos es bien recibida. Cierto es que cuando uno lo tiene todo no debería quejarse por nada, pero todo el mundo sabe que esto no funciona así y, a veces, cuánto más tienes más necesitas y cuánto menos tienes menos carencias notas. Es una regla de tres directamente proporcional.

El doctor Montes sabía bien esto. Había comenzado a ejercer la medicina con 26 años, tras haberse graduado con un expediente de lo más envidiable y desde aquel 17 de Abril en que había comenzado, no había dejado de aprender cosas. Lo había pasado mal con el primer paciente que se le murió. Al parecer, es este un hecho de lo más traumático en la vida de algunos doctores y precisamente así sucedió en el caso de don Alejandro Montes Galiado, joven apuesto, de buena posición social, alegre y dicharachero que, bajo el ala de papá, nunca le dio por pensar que algo así podría pasar.

Con su rico y, sobretodo, grande corazón, acabó casándose con su primera y única novia. Margarita. Margarita era un par de años más joven que él, profesora de inglés, divertida, generosa y preciosa. Ella se enamoró al mes de conocerlo. Él se enamoró en el instante en que la vio. Hacían una pareja bonita y, como todos decían, parecían complementarse a la perfección. Vivieron siete años de feliz matrimonio más uno de agónico sufrimiento al final. Ocho años en total. Y contando el noviazgo fueron doce. Doce años que acabaron con un trágico desenlace en la fría cama de un hospital, donde Margarita exhaló su último suspiro, dejándole solo en un mundo asqueroso, egoísta y cruel.

Fue en ese momento, unos tres años atrás, en que Alejandro situaba el comienzo de su decadencia. Donde ya no era médico por vocación, sólo lo era por rutina. Había ganado ingentes cantidades de dinero y era ésta la única razón que le hacía seguir trabajando. Esta dedicación por ganar dinero le había hecho ser realmente bueno en su trabajo y, por ello, se había logrado situar entre los mejores doctores de su área. Insatisfecho como estaba, había empezado a consumir opiáceos para no ser tan consciente de cómo su vida se iba a la mierda. Y, sin saber muy bien cómo, acabó siendo médico y camello a tiempo parcial para un tal señor Ferrás. Y, mientras lo hacía, evitaba pensar cuántas de las sobredosis que atendía eran provocadas por él mismo.

Con la muerte de Margarita murió también su capacidad de decisión moral y ya no distinguía el bien del mal. Por eso Ferrás no pensó en ningún otro cuando Silvia acudió a él con su extraña solicitud. Si había alguien capaz de realizar semejante salvajada, sólo podía ser Montes.

viernes 18 de diciembre de 2009

pequeña contra el mundo

Mamá es súper divertida. Casi todos los días me lleva al parque o a algún sitio así para jugar y nos lo pasamos genial. A mí me encanta porque no es como las otras mamás, que se sientan todas juntas en un banco y hablan de otras mamás. No. Mamá viene y juega conmigo cada día y, a veces, nos reímos tanto que casi lloramos. Es tan genial que creo que hay madres que querrían ser como ella, lo digo porque no paran de mirarla fijamente, como para estudiar sus movimientos e imitarla mejor, digo yo.

Los papás de mamá, mis abuelos, siempre están intentando que no juguemos tanto y que se parezca más a las demás. Yo siempre me quejo pero dicen que me calle, que yo no lo entiendo. Pero es que sí que lo entiendo, auque ellos digan que no. A ver, digo yo que tan mala no será, si todos los niños del cole dicen que es muy divertida y les encanta (o por lo menos les encantaba) jugar con ella cuando viene pronto a buscarme.

Quiero mucho a mis abuelos pero me enfado cuando la tratan así. A lo mejor si la vieran en el cole con los otros niños lo entenderían mejor. A lo mejor se darían cuenta de lo molona que es en realidad.

A veces me preguntan por papá. No sé dónde está. Nunca me lo han dicho. Así que, por saber, no sé ni quién es. A veces escucho las conversaciones que tienen los abuelos con el tío Alfredo y de todo lo que he oído, creo que algo sé. Al parecer, papá era un señor malo, malo que trabajaba cerca de mamá o algo así. Por lo visto, un día se la encontró de noche, o se quedaron solos, no sé, y algo malo le debió de hacer porque la abuela siempre llora cuando lo hablan y el abuelo dice muchas palabrotas. El tío Alfredo siempre abraza a la abuela y le repite lo mismo, que no pudo hacer nada, que ya era tarde cuando se enteraron, que hicieron lo correcto. No sé a qué se refieren, pero algo malo pasó entonces.

La verdad es que al ser mamá tan divertida, nunca he echado en falta a papá, porque además, si le ha hecho algo malo es que no lo quiero ni ver delante. A lo mejor si mamá fuera como esas del parque yo querría un papá para ir y quejarme de ella. Pero no lo es y yo así estoy encantada.

Pero, no sé, últimamente parece que sólo yo estoy encantada. Primero las del parque y después los abuelos. Ahora también, resulta que los niños de mi clase ya no juegan con nosotras y, a veces, en los recreos, me llaman cosas feas. Y también a mamá. Y creo que todo empezó cuando, en Conocimiento del Medio, nos explicaron eso que tienen algunas personas, como que te falta un algo por dentro, un cromosoma o no sé qué. En fin, no sé muy bien cómo va, pero el caso es que venía una foto de una mujer que casi, casi parecía mamá.

martes 8 de diciembre de 2009

La niña que se quiso meter en la boca del lobo.

Entró en un local oscuro y siniestro. No llegaba a ser un bar, aunque no se sabía muy bien por qué no lo era. Parecía más bien un lugar de reunión para personas sin vida. Unos cuantos individuos se congregaban a lo largo del lugar y se dieron la vuelta al verla llegar.

Seguía a Salas, un matón de metro noventa y siete y torso de casi un metro. Se hizo el silencio mientras atravesaban el recinto y todos los siguieron con la mirada hasta que llegaron a la puerta del fondo. Tras ella, un pasillo estrecho, sin apenas luz y lleno de humo se perdía ante sus ojos. Lo recorrieron y los zapatos de ambos retumbaron con cada paso.

No habían mediado palabra desde que se habían encontrado hacía un rato en una calle muy poco transitada de la ciudad. Salas ni siquiera se giró una vez para asegurarse de que seguía allí; simplemente caminaba con el convencimiento de que así era.

Pasaron frente a varias puertas antes de que, por fin, Salas parase delante de una más oscura que las demás y asintiese, indicándole que habían llegado.

Traspasó el umbral de madera y llegó a una sala amueblada sólo con un sillón individual y una mesa pequeña situada a su derecha con un vaso de Whisky sólo y un cenicero. Apenas estaba iluminada, sólo un par de bombillas cubrían la estancia de una luz mortecina y lúgubre. El humo apenas permitía distinguir las formas y sólo tras unos segundos se dio cuenta de que, repartidos por la habitación, había diferentes imitaciones del hasta hacía poco original Salas.

Desde el sillón un hombre la miraba con una media sonrisa que inquietaba más que reconfortar, como suelen tener por costumbre las sonrisas.

Salas#2 apareció de repente tras ella y la empujó ligeramente para que se acercase al hombre. Una vez cerca, pudo estimar que no llegaría a los 60 años pero tampoco andaba muy lejos. Su piel tenía aspecto áspero y daba la impresión de que podría llegar a raspar si se tocase con la suficiente intensidad. No era muy corpulento, más bien era menudo y de manos huesudas. Nunca se habría imaginado que la imagen de Ferrás pudiese ser tan decepcionante, tan…parecido a la de cualquier abuelo sentado en un banco del parque.

- Según me han dicho, llevas meses intentando llegar aquí – dijo con una voz no demasiado profunda pero sí lo suficiente para intimidar a quien hiciese falta.
- No es fácil encontrarte. Sólo hice lo necesario para conseguirlo.
- La mayoría abandona en el intento, pensé que tú harías lo mismo. ¿Realmente necesitas lo que me han dicho?
- Con todas mis fuerzas. Pagaré lo que haga falta.
- Una vez que te vayas no habrá marcha atrás. ¿Por qué no te lo piensas antes de que te puedas arrepentir?
- No lo necesito. Antes de empezar a buscarte ya lo pensé lo suficiente. Ahora sólo quiero lo que pido - Y cuando dijo esto posó un fajo de billetes junto al vaso de Whisky.
- De acuerdo. No seré yo quién te haga cambiar de idea. Buscaré a alguien dispuesto a hacerlo y cuando lo encuentre Salas te buscará. Él te llevará a donde haga falta y – devolviéndole el dinero – le pagarás a él.
- Gracias
- No hay de qué, muchacha, no hay de qué.

***


Caminaba tranquila dando un paseo y, cuando quiso darse cuenta, notó que la seguían. No se asustó; ya había pasado una semana y media desde su encuentro con Ferrás y suponía que no tardaría mucho más en recibir noticias.

Miró hacia atrás disimuladamente y comprobó que, de cerca, caminaba Salas. Se aseguró de que llevaba en el bolso lo necesario y, sin titubear se subió al coche oscuro que paró a su lado.

Condujeron hasta las afueras de la ciudad durante al menos una hora para el final de la cual ya estaba completamente perdida y pensando que, si paraban el coche y la echaban a patadas no sabría ni en qué dirección caminar.

Se bajaron en una nave industrial que parecía abandonada. Salas se quedó de pie junto a la puerta del coche y, con un gesto, le indicó que podía pasar. La puerta por la que entró daba a un pasillo oscuro que se abría al fondo dando paso a una habitación con un foco de luz. Se dirigió hacia allí convencida para ver, al llegar, una mesa de operaciones destartalada y una pequeña zona que hacía de falso despacho donde la esperaba un hombre un tanto demacrado, con barba de varios días y ojos cansados.

- ¿Eres Silvia?
- Sí.
- Siéntate.
- Me parece que la edad empieza a pasar factura a Ferrás y ya no sabe lo que dice. Tendrás que volver a explicarme qué necesitas para que la historia que tengo ahora mismo en la cabeza no suene de locos.
- Es probable que, aún así, le suene a locura.
- Intentémoslo.
- De acuerdo. Si usted es médico, es posible que halla oído hablar del paciente H.M. Un sujeto que sufría episodios epilépticos desde los 10 años.
- Es posible, pero no lo recuerdo.
- Entonces se lo contaré. Cuando H.M tenía 27 años, se sometió a una operación que tenía como objetivo solucionar esas crisis epilépticas. Para ello le extirparon bilateralmente partes del lóbulo temporal medial. Fue la primera persona que se sometió a esta operación, y también debió ser la última.
- ¿Desaparecieron las crisis?
- Desde luego que sí. Lo malo fue que tras la operación se descubrió que había quedado afectado por una amnesia profunda.
- Empiezo a pensar que puede que Ferrás no esté tan loco como pensaba.
- Ya se lo advertí.
- ¿Qué es lo que me estás pidiendo, niña?

Silvia sacó un papel del bolso y lo desdobló sobre la mesa descubriendo una foto de un cerebro humano.

- Quiero que me abra el cráneo y me haga una lesión como la de H.M. Que me estirpe la amígdala entera si hace falta y el hipocampo, y todo lo que sea necesario.
- Pero, ¿te das cuenta de los efectos que tendrá esto en tu vida? Es una locura.
- Tal vez sea una locura pero ya lo he decidido y si he acudido a Ferrás es porque sabía que me proporcionaría a alguien que me operase sin rechistar. ¿Lo he encontrado o no?
- No puedo rechazar un trabajo pero ¿no te das cuenta de que sólo eres una niña? Tienes toda la vida por delante, ¿qué te ha pasado para recurrir a una medida tan desesperada?
- Lamento decirle que eso no es de su incumbencia. Yo sólo quiero que alguien me opere sin más y quiero saber si va a ser usted ese alguien.
- Haré la operación pero espero que seas consciente de que una vez que salgas de aquí tal vez no seas capaz ni siquiera de formar nuevos recuerdos. Tal vez estés firmando la sentencia de muerte de tu consciencia.
- Prefiero una vida sin recuerdos que el resto de mi existencia con los recuerdos que tengo ahora.
- Bueno, por lo visto no puedo decirte nada más salvo que cometes un grave error.
- En ese caso, es toda una suerte que no haya venido aquí a pedirle consejo.
Y en toda la sala se hizo un silencio escalofriante. Como si acabasen de descubrir los cuerpos mutilados de 50 hombres muertos. Y en medio del silencio ellos dos se miraron.

lunes 30 de noviembre de 2009

Enero

En Uría había aquella tarde bastante gente. Hacía un día muy frío, de esos de invierno de verdad, de esos en los que el aire podría cortarte la cara. Pero no llovía, y eso siempre incita a dar un paseo, aunque sea a paso rápido para no perder temperatura.

Algunos se paraban tranquilos a mirar escaparates, otros caminaban rápido para llegar a algún sitio y otros esperaban frente al Corte Inglés mientras echaban miradas nerviosas cada medio minuto a su teléfono móvil.

La verdad es que nadie, por muy observador que fuese, habría notado nada extraño. Pero lo cierto es que, entre quinceañeras salidas y niños que arrastraban a sus padres, se trajinaba algo. Situados en zonas bastante estratégicas de la calle se situaban de forma relativamente dispersa cinco personas que no esperaban por nadie ni miraban escaparates. Todos llevaban una mochila oscura y observaban tranquilamente cómo paseaba la gente.

Prácticamente imperceptible para cualquiera fue el contacto visual que los cinco intercambiaron unos 20 minutos después. Asintieron suavemente y comenzaron a caminar hacia el mismo lado de la calle. Poco a poco se fueron alejando del centro comercial y comenzaron a caminar por zonas que, si bien seguían siendo parte del centro, empezaban a estar mucho menos concurridas que la Uría.

Llegados a este momento, los cinco individuos se habían convertido en tres. Sin mediar palabra, los otros dos habían dado media vuelta y habían emprendido la marcha en dirección contraria hasta girar al final de la manzana.

Aquí ya apenas había gente por la calle. De hecho, no había gente. Sólo un matrimonio de mediana edad caminaba unos pasos por delante de ellos. Matrimonio que paseaba tranquilo sin reparar en nada hasta que se dieron cuenta de que alguien les cortaba el paso.
Cuando se quisieron fijar, vieron lo que más tarde describirían a la policía como dos hombres relativamente musculosos y corpulentos. No se les podía ver el rostro; lo escondían bajo máscaras con forma de león y oso. Algo atrofiada debía de estar la percepción de esta pareja pues ni siquiera repararon en sus manos ocupadas y, para cuando lo hicieron, ya era tarde.

Se dieron la vuelta para evitar un enfrentamiento con León y Oso que, por el momento simplemente estaban parados frente a ellos. Lo que no se esperaban era que al girarse se encontrarían con una pantera, una cebra y un gallo.

Se quedaron petrificados en el centro de nuestros cinco misteriosos mirándolos uno a uno con la boca abierta. ¿Qué será lo que pasa por la mente en esos segundos que hay entre que te das cuenta de que va a pasar algo y ese algo empieza a pasar?

Desde luego que mucho no se les debió pasar por la cabeza, no porque no tuviesen pensamientos suficientes para rellenar medio minuto de su vida sino porque los cinco fantásticos no dejaron mucho tiempo. Apenas habían terminado de girarse cuando comenzaron a sentir golpes por todas partes. Los que más dolieron fueron los del cuello y la cabeza.

No duró ni diez minutos pero no fueron capaces de aguantar el dolor y, cuando no llevaban ni dos, la pareja ya estaba tirada en el suelo esperando a que aquello terminase. Ni siquiera se atrevían a levantar la mirada del suelo.

Ni siquiera cuando el grupo había desaparecido corriendo atravesando un parque cercano se atrevieron a moverse. Sólo se miraban para comprobar que estaban bien, que no había pasado nada. Y sólo un rato después se atrevieron a ponerse en pie.

En el suelo, a su alrededor, formaban un arco iris charcos de pintura espesa y pegajosa. La mujer miró hacia un edificio cercano y se vio reflejada en un escaparate. Vio su pelo formando una masa de forma y color extraño. Vio su cara goteando en color amarillo, fucsia y azul y vio su abrigo hasta las rodillas cubierto hasta la última esquina de círculos de colores.

Lo que más le sorprendió no fue su abrigo destrozado, ni el dolor en todo el cuerpo. No. Fue mirar a su marido. Con apenas tres o cuatro circulitos de pintura en chaqueta y pantalón. Lo que más le sorprendió fue ser el objeto de semejante barbaridad artística.

***

A un par de calles, cinco muchachos corrían como locos por en medio de la carretera y huían por callejuelas que poca gente transitaba o tan siquiera conocía.
Corrieron durante 20 minutos para, por fin, llegar a una zona alejada y poco poblada en la que ya cambiaron el correr por el caminar tranquilo. Así duraron cinco minutos más hasta que se pararon y uno de ellos abrió el portón de un garaje.

Todos entraron tranquilos y posaron sus máscaras sobre una mesa de madera que había al entrar. Después se tiraron en unos sofás medio rotos que había en el centro del rectángulo que formaban las paredes. Se miraron y sonrieron. Y es que todo había salido bien otra vez.

sábado 7 de noviembre de 2009

El mundo en tu cama

Tu cama es… como una nube flotando en una pompa de jabón que vuela relajada al ritmo de una canción.

Tu cama es como otro universo. Como un mundo feliz.

En tu cama no existen banqueros trajeados que juegan con el dinero del mundo. No existen mafias matando a sangre fría. No hay niños famélicos de tripa hinchada. El libre comercio en tu cama es un intercambio continuo de lo que tú y yo mejor hacemos.

En tu cama no hay políticos corruptos, no hay obispos que, en el nombre de Dios, juegan con niños. No hay guerras ni terroristas suicidas. Lo único que hay son Kamikazes Enamorados.

En tu cama, el mundo es justamente como debe ser. Justo como yo quiero que sea.

En tu cama, juegas a contar mis pestañas perdiéndote con cada parpadeo y volviendo mil veces a empezar de cero.

En tu cama, yo juego a acurrucarme en los recovecos de tu pecho y pienso que, si ahora de golpe, el mundo se fuese al carajo no podría estar en mejor lugar.

Y que si el mundo es una mierda, lo es un poco menos si estoy contigo.

martes 3 de noviembre de 2009

La indefensión aprendida de un corazón hecho un lío.


Llevo toda la noche sentada frente a una página en blanco. Las esquinitas ya están de tinta hasta las orejas y se retuercen sobre sí mismas en la dirección en la que un Bic las ha presionado hasta llegar a sus límites. Su interior sigue siendo de un blanco impoluto y entre un viaje y otro a la cocina a por algo de comer pienso que tengo mucho miedo.

Mucho muchísimo.

Tengo miedo porque yo no sé sentir toda esta rabia. No sé qué hacer con esta cólera extraña que me roe las venas.
Tengo miedo porque te desprecio, te detesto, te aborrezco y te maldigo una y mil veces.
Tengo miedo porque el devenir de sentimientos dentro mío es tan, pero tan grande que ni siquiera soy capaz de escribir una hojita de mierda. Ni siquiera medio pliego.
Tengo miedo porque soy como la rata de Seligman, porque da igual lo que hagas conmigo, yo ya no me muevo. Ya no sé qué hacer contigo. Y me quedo petrificada en una esquina de la jaula mientras me pinchas y castigas con un programa de intervalo variable. Tengo miedo porque creo que ya no tengo escapatoria.
Tengo miedo porque hasta creo que te odio un poquito. Y yo nunca he odiado a nadie, ¿sabes? Si, tengo ese odio que se tiene en la distancia a gente como Paris Hilton pero nunca, nunca he odiado a nadie, y es que odio odiar.

Odio odiarte.

Porque no sé cómo hacerlo. Porque, por naturaleza, a mí me sale quererte. Porque, ya sé que dicen que eso no se hereda, pero es que creo que a mí lo de quererte me venía en los genes. Ahí, concentradito, entre la información del pelo negro y la de mis pestañas rizadas.

Porque, de verdad de la buena, te prometo que odiarte es lo que más odio en el mundo.

miércoles 28 de octubre de 2009

Mi vida negra.

Negro.negro.negro.

Como la noche en un pueblo perdido.
Como mi vida sin la tuya.
Como mis ganas de llorar.
Como todos mis días
con ganas de llorar.

Como la nube que me persigue,
la tormenta que me empapa.
Como los cuadernos que lleno con tu nombre
con ganas de llorar.

Como mi existencia.
Como el agujero negro que me engulle.
Como esa tristeza pegajosa que me recuerda a ti.
Como mi esperanza rota
con ganas de llorar.

Como mis sueños cada noche.
Como mis paseos por las calles.
Como mis risas forzadas.
Como mi angustia constante
con ganas de llorar.

Como tu estupidez riéndose de mí.
Y, mientras, yo con ganas de llorar.

martes 20 de octubre de 2009

Odio.

Sólo soy la angustia que se agazapa en tu sombra, la que se alimenta en tus silencios, el polvo gris y maloliente que lanzas con desprecio en el interior de un sucio cenicero. La que te dice mil veces que no y tú entiendes mil veces que sí. La que dejó de quererte hace tanto que ha olvidado lo que es un beso de verdad. Sólo soy los huesos que rompes, los ojos que amoratas, los labios que revientas. Soy esa a la que sorbiste el amor y rellenaste de odio.
Odio a tus mejillas casi moradas, a juego con las venas de tus ojos. Odio a tus manos grandes y fuertes que han decorado mi espalda más veces de las que nunca habría imaginado. Odio a tus patadas, que me acurrucan en una esquina de la cocina, con tu plato de comida restregado contra mi pelo. Odio a tu voz, que me estremece si susurras y me aterra si gritas. Odio a esa mirada lasciva con la que llegas a casa de noche. Esa, que no dice nada pero que, en realidad, grita “esta noche sí o sí. Esta noche te vas a joder. Esta noche me vas a mirar desde abajo. Esta noche vas a caer”.
Y, aún así, nada se compara con el odio a mí. Ese que aún no se cree que siga a tu lado. Ese que me recuerda a cada instante que no me mereces. Ese que chilla por encima de tus ojos y dice: “no, no, no. No se lo consientas. Lárgate. No te quedes. Huye. Corre”. Ese que se ríe de mi por inocente, por estúpida, por niña idiota. Odio al miedo que me hace olvidar mi amor propio. Odio a mi orgullo, por no querer reconocer que me equivoqué, por no hacer caso, por dejarme cegar sin resistirme ni un ápice.
Y, sobretodo, odio a todo el tiempo perdido. Al maquillaje desperdiciado, a las horas vacías, a las sábanas frías. Odio a mi vida, por llegar a este punto. Odio a la desesperación que me ha consumido.

Pero hoy. Hoy ya no soy esa pequeña que atemorizas y amenazas cada noche. Hoy dejo de ser tu saco de golpes, tu marioneta, tu juguete.

Hoy. Hoy sólo soy la puta que te va a matar.