Feliz 2.0

Apenas puedo ver nada y empiezo a sentirme mareado. Mucho.

Nadie parece darse cuenta. Dos niños juegan a la pelota tan cerca de mí… y pienso que si ahora mismo, por alguna horrible desgracia, algo me pasara, nadie se enteraría. Me quedaría aquí, sólo, esperando a que alguien se diese cuenta, consumiéndose este puro entre mis dedos o, peor aún, entre mis labios.

El aire empieza a estar demasiado viciado, incluso para mi gusto. Seguramente una bocanada de aire fresco y puro (tan puro como puede serlo el aire de la ciudad) se llevaría consigo cualquier rastro de este estúpido e incómodo mareo. Pero no quiero abrir la puerta. Siento que si lo hago mi pequeño mundo se deshará en pedazos, la historia de mi vida se verá reducida a polvo derramado sobre la carretera, añicos minúsculos imposibles de volver a unir.

Y no es que me haya pasado nada extraordinariamente grave. Seguramente si abriese la puerta del coche nadie notaría nada; el mundo seguiría su curso, esa señora de ahí en frente seguiría paseando a ese perrito enano y ridículo y la vecina del cuarto seguiría regando las plantas sin inmutarse ni un ápice.

Nada extraordinariamente grave, no. Vamos, que no ha pasado nada de nada. Que aquí sigue todo igual, el crío sigue llegando a casa a las 5 cada tarde y Estela sigue recibiéndome con un beso y un abrazo. El jefe sigue gastando los mismos chistes malos y se sigue comportando…bueno, como un jefe. Sigo saliendo a tomar un café a media mañana y leyendo el periódico después de comer.

Supongo que la sociedad del bienestar no es tan positiva si, con todo mi entorno perfectamente ordenado, estoy encerrado en mi coche con pánico a abandonar un cubículo metálico. Supongo que algo parecido a esto experimenta la gente que tiene cosas como ansiedad; miedo a algo que no existe. Miedo a la idea de lo que pueda pasar. Miedo al cambio. Yo qué sé. Miedo a salir de un puto coche. A arrancar el motor.

Porque, tal vez, si me quedo quieto, quieto, quieto, nada en mi vida cambie y pueda mantenerlo todo así; estático, perfecto. Como hasta ahora.

A lo mejor si no muevo ni las pestañas consigo que la felicidad me dure un poco más.

Házme feliz

Que me aspen si no han llegado mis ojos a apreciar bien lo que veían.
Que se lleve mi alma consigo una bruja endiablada si me alcanza la razón equivocada.
Que me sea negado todo lo bueno que el sino me reserva si mis conjeturas se demuestran erróneas. Que la locura me arrastre entre sus garras y la desgracia se adueñe de mi estirpe. Que la infelicidad se aloje entre los pliegues de mi ropa.

Pero no, creo que, por una vez, mi perezoso instinto ha hecho bien el trabajo que le ha sido encomendado.
Por una vez, parece ser que no se equivoca mi corazón al haber vislumbrado un ápice de amor en los oscuros y fríos ojos del apuesto caballero que me ha privado de mi adorado sueño y de mi valorada cordura durante los últimos meses y que no se halla en otro lugar ahora mismo que frente a mí, penetrando con su mirada hasta el fondo de mi alma y expectante de unas palabras que aún no logran salir de mi boca.

Me aborreceré si mis suposiciones resultan ser erróneas, y aunque quisiera también hacerle a él objeto de mi desprecio, tengo la desgraciada certeza de que nunca lo conseguiría, pues no puede despertar en mi interior sentimientos distintos del amor, el respeto y la pasión.

Apenas queda ya tiempo, el alba asoma y debo reunir las fuerzas para hacer manifiestos mis sentimientos. El pavor al rechazo me ha mantenido callada durante demasiado tiempo y me aventuraría a pensar que ni mi ser ni mi alma podrían soportar seguir así durante más tiempo, mucho menos para siempre.

Calla, pues, cabeza mía, y déjame hablar, la aurora ya nos ilumina y, tal vez, cuando el día despunte mañana nos regocijemos en felicidad y amor. ¿Cómo podría estar equivocada?

I want to eat you

Tal vez sea que una se siente en parte alemana, o maybe simplemente la vena románticona que hay en mí se ha despertado con esta foto tan adorable, pero me ha parecido merecedora de atención.

El Oktober Fest mola o qué?


Oktober Fest 2009

1.244.952

¡Eh, tú! Te lo digo una vez y no lo repetiré: Que sea la última vez que te cuelas en mis sueños, descolocando mi delicado orden con tus ojos y tus palabras. Que no se repita. Que no vuelva a sentir tus brazos sobre mi cintura como si fuese verdad, tu respiración en mi cuello estremeciéndome la piel. ¡Que no y que no!

Que me llevaste al límite y no quiero volver a estar de puntillas en el abismo de tu vida.

Seiscientos veintisiete besos al día no fueron suficientes para que te quedases a mi lado. Era lo que me faltaba, que vengas ahora a acomodarte en mi almohada.

Cuatrocientas ochenta y nueve caricias por cada noche a tu lado no me sirvieron más que para desgastarme las manos al roce con tu espalda. Déjame ahora tranquila, curándome las heridas.

Porque ochocientos quince tequieros susurrados al oído se ahogaron, y perdieron el sentido apenas encontraron la salida entre mis labios. Y, para qué negarlo, hablar en sueños nunca ha sido lo mío.

Y mis favoritos; todos los abrazos inesperados que te dí. De esos he perdido la cuenta, pero seguro que son más de cien, de diez mil y seguramente más de un millón doscientos cuarenta y cuatro mil novecientos cincuenta y dos. Sorprendiéndote por la espalda, abalanzándome contra ti a la mínima, apretando mis mofletes contra tu hombro derecho y empujándote con fuerza como queriendo ser parte tuya. Sí, todos esos abrazos que no me sirvieron para nada, sólo para alejarte más y más. Y no es mi plan precisamente caer de la cama en un último abrazo inesperado. Que no te lo mereces.

Pues eso, que sea la última vez que te cuelas en mi inconsciente, maldito desvergonzado, que no tengo ganas de seguir aguantándote. No, ni en sueños.

Nunca me han gustado los números exactos.

La alarma de mi móvil siempre suena a horas como las 7.14, las 10.23 o las 21.57 (sí, duermo la siesta a las horas más insospechadas). Para mí, no te he dicho las cosas “mil veces”, no. Siempre “te lo he dicho cincuenta y dos mil quinientas veinte veces” (número que me gusta dicho, pero no escrito, dicho sea de paso). Es una manía. Me molestan los números tan redondos. No me gustó tener 20 años, era un número demasiado perfecto. Afortunadamente, cuando tenía 10 aún no tenía estas neuras. Tenía otras.

El caso es que me acerco peligrosamente a un número muy odioso. Y aquí, a las puertas de la entrada número 100, he decidido pararme en la 98. Porque la gente celebra los números bonitos, con muchos ceros, pero yo no, yo esos sólo quiero que pasen muy rápido.

Realmente, el 98 tampoco es un número tan importante como para celebrarlo muy a lo grande, pero me apetece. Porque sí, porque tengo mis neuras y punto. Porque esto del blog no deja de fascinarme y, sin enterarme muy bien cómo, se me han resbalado entre los dedos lo que en septiembre serán dos años aquí y bueno, he querido pararme a hablar un rato.

Sobra decir que doy las gracias a todo aquel que en algún momento ha pasado por aquí y ha dedicado aunque sean dos minutos a leerme. Y aunque eso de los seguidores es algo absurdo (al final la gente acaba utilizándolo como un concurso de popularidad), bueno, pues que gracias a los que consideran mi blog digno de seguir, por las razones que sean.
Pero hay unos cuantos que se han ganado unas gracias especiales, un huequito personalizado en los favoritos de mi explorador.

En parte, por
Noviembre me dio por crear este blog. Así que, podríamos concluir, y concluiremos, que ella tiene un poquito que ver en que yo esté hoy aquí. Otros factores influyeron, obviamente, pero bueno, su mérito tiene la muchacha. No sólo por animarme a crearlo, si no por animarme una vez echada al ruedo y por animarme a escribir, costumbre ésta con la que he tenido mis más y mis menos.

Cuando empecé, los seguidores no eran para mí un concurso de popularidad. Eran mis amigos dándole al botoncito de hacerse seguidor porque…bueno, yo qué sé por qué, porque era una pesada, supongo.
Lázaro Suárez fue mi primer seguidor desconocido. Flipantemente increíble me resultó que Lázaro Suárez, ni más ni menos, (Lázaro Suárez eh?) le diese a ese botoncito. A ver, que mola que flipas. Descargad su libro y decidme si miento. No me extenderé más hablando de él porque, como ya dije en alguna ocasión, decir más sería blasfemar.

Llegaron después
Oski y Raquel. Primeras personitas con las que llegué a entablar relación más allá del blog. Oski me inundó el disco duro de cantautores españoles que se escondían entre las alas de un búho real. Y Raquel…bueno, Raquel me descubrió las maravillas que se esconden tras su réflex y, con sus uñas gemelas a las mías, fue la primera persona con la que escribí algo a medias.

Por ese entonces, descubrí al que ahora es mi pequeño socio,
Aprilis. Con él comparto el amor por el té, la buena música y la profesión (y tal vez también una tendencia a enviar dedos mutilados por correo). Nunca he visto tanta música maravillosa reunida en un solo blog, sólo por eso ya se merece un gracias a lo grande.

También entonces descubrí a
Yopopolin. Yopo es un cabrito. Desde el primer día que lo leí se instaló en mis favoritos y es de esos blogs que corro a leer cuando actualiza. Porque siempre es divertido e interesante. Aunque hable de sus gafas nuevas o de grandes tetas. Da igual, lo torna todo de lo más interesante. Y digo que es un cabrito porque es el único que me hace hablar por los codos como si no hubiese mañana en su blog.

Y por último, está
Pescador. Pescador es un muchacho que siempre consigue hacerme sentir como si fuese una escritora de verdad con grandes novelas escritas a mi espalda. A día de hoy creo que es él el único que logra ese efecto :)

Y bueno, hoy, a dos entradas de las 100, me apeteció dar las gracias a todo aquel que me lee o leyó en algún momento. Porque, como dicen las abuelas, es de bien nacidos ser agradecidos. Y tanto más si se han leído este excursus que nos ocupa.

Y con esto, se cierra el telón. Nos volveremos a encontrar cuando un conspicuo número llame mi atención en el recuento de entradas.

sonrisa.valiente.

Se ponía histérica cuando veía por la calle a alguien comiendo gusanitos de uno en uno. Le daban ganas de zarandear al individuo y gritarle, aullarle, que los gusanitos se comen a puñados, que todo el mundo lo sabía. A menudo le entraba una mala leche inexplicable con cositas como esa, como cuando veía a algún imbécil hablando a voces por el móvil o cuando veía cómo se enfadaba la gente viendo los deportes.

No solía ser así; antes su organismo funcionaba de manera completamente diferente, y aún recordaba cómo no hacía demasiado sonreía sin motivo cuando caminaba sola por la calle. Aún recordaba cuando sentía como si los huesos se le hiciesen pedacitos del gusto cuando la abrazaba. Como si le fuese a explotar el pecho de amor, cariño o lo que fuese.

Ahora rezongaba al cuello de su camisa cuando en su camino se cruzaba una pareja empalagosa. Las muestras de cariño en público nunca habían sido lo suyo, ni siquiera en sus buenos tiempos, pero es que ahora se hacían algo insoportable que sólo servían para alimentar más su mal humor.

Donde antes era dulce, tierna y sensible ahora se había vuelto hipócrita y cínica. Ahora era de las que afirmaba, con la boca muy grande y el corazón muy pequeño, que el amor está sobrevalorado. Ella, que siempre había dicho que los que hacían uso de esa frase no eran más que pobres miserables a los que nunca nadie había querido en condiciones.

Ahora, ahora se encontraba repitiendo esa frase hasta que perdía el poco sentido que, al menos gramaticalmente, tenía. Se la soltaba a todo aquel que le preguntaba qué tal le iba. Pero no era eso lo peor, no. Lo peor era que se la repetía a sí misma cuando no había nadie más que la escuchase. La canturreaba para sus adentros y para sus afueras pensando así que se convencería de que el amor no era para tanto. La canturreaba para cubrir esa voz en su interior que le decía, que le gritaba, que el amor no era para tanto, no. Era para mucho.

Y así fue como se dio cuenta, de la peor forma posible, de que aquellos que hacían uso de la infausta locución no eran tontos que nunca habían experimentado lo que es amar. Más bien, eran infelices que habían amado más que nadie para perderlo todo después. Pobres almas en pena que preferían engañarse y repetir lo mismo a los cuatro vientos, que aceptarlo y morirse de la pena.

detener el tiempo

Mendigaba por las esquinas cualquier pedacito de algo que saciase su hambre y aceptaba limosnas de todo aquel que se dignase a colaborar con su causa perdida, olvidada, abandonada.

Al principio era más fácil. Cuando la soledad había comenzado a ser su compañera aún tenía algo que ofrecer a cambio de sustento; su interior aún bullía con cosas bonitas a las que la gente sacaba partido. Explotaban, estrujaban, exprimían, aprovechaban todo cuanto encontraban hasta dejar sólo pequeños pedacitos como astillas tras un fuego. Tirados. Trocitos de vida.

Se acostumbró al sonido que hacía su interior por la ausencia de alegrías, de ambiciones y de aspiraciones. Se acostumbró al silencio hueco y al hambre voraz en su corazón que engullía ilusión a bocados, esperanza a cucharadas y anhelos a tragos secos, sin hielo. Se habituó a la extraña sensación de su propio ser carcomiéndose a sí mismo.

Cuando todo había comenzado, cuando su corazón sólo lucía las cicatrices de un par de disgustos aún conservaba algo de criterio. Tenía más cabeza y escogía mejor a base de qué saciaba su hambre. Intentaba seguir una dieta baja en penas y rica en serenidad. Y durante un tiempo no le fue mal. Algún alma caritativa fue lo suficientemente generosa como para mantener su existencia durante tanto tiempo que casi olvidó las cicatrices con las que había iniciado el viaje.

Pero ahora. Ahora parecía que un avión hubiese cruzado el atlántico con aquel pequeño amasijo de cicatrices, heridas y perforaciones colgando en el retrovisor. Ahora se conformaba con comida basura cuyo efecto duraba una noche, apenas unas horas. Ahora salía a la calle y no le importaba ofrecerse a un extraño. Ahora usaba su cuerpo como moneda de cambio con tal de que unos brazos, cualesquiera, le diesen calor.

Y así, se le moría de hambre el corazón.

todo llega.

El sonido del ordenador inundaba la habitación y se hacía tan palpable en su oído que era casi insoportable. Notaba las palpitaciones de su corazón al compás del ronroneo de la máquina. Los parpados se le caían ante el peso de un sueño que, dijeran lo que dijesen, se acumulaba, vaya que sí. Y, aún así, con el cansancio tirándole de las orejas y hormigueándole el cuerpo entero, no podía dormir.

No quería.

Sentía el peso en sus pestañas, como si unos pequeños liliputienses tirasen de ellos con cañas de bambú. Como si quisiesen a toda costa que cerrase los ojos de una vez para que aquel silencio incómodo y oscuro se adueñase de la habitación.

Aquel silencio penetrante.

Los músculos del cuello se relajaban y tensaban en flotantes vaivenes. Derecha. Izquierda. Atrás. Adelante. Cuando su cuerpo vencía durante, apenas, unos minutos, volvía rápidamente a la consciencia y fijaba, de nuevo, la vista en el aparato, que la remolcaba de una imagen a otra con una ligereza pasmosa.

La ligereza que para sí quisiera en el arte de cambiar de pensamiento.

Sueño, sueño, sueño. ¿Cuándo había sido la última vez que durmió a pierna suelta? Ya ni siquiera lo quería recordar. Hacerlo sólo le haría más consciente del cansancio presente.

Y estaba cansada. Vaya que si lo estaba. Como si llevase cuatro mil doscientos sesenta y siete días cargando un muerto a su espalda.

Pero no quería darse por vencida. No podía dormir, o no quería. O no debía, o sabe Dios qué palabra encajaría aquí.

Era un hecho. Si dormía soñaba, si soñaba le veía. Si le veía, dolía. Y el dolor, para ella, era muerte.

Por los siglos de los siglos

“Dame un beso”

Suplicó con esos ojos suyos que me arrastraban sin remedio al torbellino de su pupila y jugaban conmigo a su antojo durante horas mientras me sumergían en su dulce remolino.
Obviamente lo hice. La besé, no sé si como ella quería pero sí como yo necesitaba. Sentí sus labios suaves rozando los míos mientras recorría con las palmas de mis manos los nudos de su espalda. La apreté fuerte contra mí, hasta que pude adivinar cada una de sus costillas oprimidas entre las mías.

‘Justo aquí quiero que se pare mi vida’

Para sentirla así, como ahora.
Tan pequeña entre mis brazos.
Tan morena de ojos verdes.
Con su olor a hierbabuena.

Revolvió mi pelo con maestría, como si de pronto hubiese aterrizado en el sillón de la peluquería. Jugueteó con los mechones rebeldes de mi cabeza y desordenó y enmarañó el poco equilibrio que quedaba en mi azotea.

‘En este instante’

Con sus películas de noche y sus discos en el coche.

Sentí su aliento oxigenando mi rostro y respiré el aroma que salía de su boca mientras las puntas de su melena cosquilleaban mi cuello desnudo.

‘Aquí’

Con la música de su paladar retumbando en mis oídos y los tacones de sus pestañas clavándose en mis ojos.

‘Para siempre en tu pupila’

El otro lado del mundo

Se me murió el aliento en un suspiro y se me redujo la existencia a partículas de color negro que se esparcieron por el suelo de la habitación y salieron rodando bajo la cama hasta perderse en esa oscuridad de la que nunca lograría rescatarlas.

Le pedí que me besase el cuello. Esa esquina, precisa y exacta, donde tú solías hacerlo. Donde tú solías conseguir que se estremeciese el mundo bajo mis pies hasta la mismísima Patagonia, hasta las cutículas de mis uñas.

Le pedí que se durmiese abrazada a mí, con su pelo acariciando mis mejillas y sus brazos rodeándome con fuerza. Le pedí que se acurrucase junto a mí como tú solías hacer.

Deseé con todas mis fuerzas amarla como a ti. Sentir que me vibraban hasta lo calcetines si me tocaba, que caía al vacío si era ella quien me quitaba la ropa y que se caía el mundo a pedazos tras la ventana si ella se desnudaba.

Quise desearla más que a nadie, querer estar a su lado eternamente. Quise sentir el fin del mundo sobre mi piel si ella estaba cerca. Sí, como si me palpitasen hasta los vasos capilares de las puntas de los dedos con sólo verla. Como si sintiese miedo a caer pisando tierra firme.
Como si me espachurrasen el corazón a golpes si sentía que se iba y no volvía.

Quise sentir con ella lo que sentí contigo. Que desaparecieses, del mundo y de mi cabeza. De todas partes. Olvidarte, hacerte desaparecer. Quise que nunca hubieses llegado a mi vida. O que no te hubieses ido jamás.

Quise no volverte a ver de nuevo. O verte y que no me doliese hacerlo.

Y nada, nada de todo eso logré.

Quise ser libre. Y ni eso conseguí.